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Juanes · Milán, 17 de diciembre de 2019

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Milán, 17 de diciembre de 2019. Dos palabras que cambiaron para siempre mi vida: «Juanes falleció».

Fotografía familiar de Juanes junto a sus seres queridos, antes de su partida.
Mis abrazos de oso. Una imagen que guarda la cercanía física que tanto extraño.

Milán, diciembre 17 de 2019

“Mi hija mayor, me dio la noticia por teléfono dos horas después, con cuatro palabras, de las cuales la primera pronunciada con voz vacilante, consciente del horror que desataría del otro lado, fue, claro está, mamá. Las tres restantes daban cuenta, sin ambages ni mentiras piadosas, del hecho, del dato simple y llano de que alguien infinitamente amado se ha ido para siempre, no volverá a mirarnos ni a sonreírnos.” Lo que no tiene nombre, Piedad Bonnett, página 18.

Para mí fueron solamente dos palabras pronunciadas por mi marido y padre de mis hijos y transmitidas telefónicamente por mi cuñado: Así, sin más. Sin apelación alguna al hecho de que el día anterior (como todos los días), me habías llamado y me habías comentado tu decisión de no asistir al grado universitario de tu cuñada. Finalmente, alguien te convenció, apeló a tu lealtad y sentido de compromiso y allí fuiste, a cumplir con tu promesa de ser el fotógrafo de la ceremonia y lo pagaste con tu vida, o mejor decir, cumpliste tu cita con el destino.

Alguien me envió una de las últimas fotos que te tomaron fuera del aula de grado. Conociéndote puedo decir que tu lenguaje corporal indica que no estabas realmente allí, era solo por cumplir, por el compromiso que habías adquirido días antes. Tu sentido de responsabilidad y lealtad te impulsó a ello. Y qué precio que pagaste. Me cuestiono acerca de si realmente hubiese sido posible que te salvaras, o si definitivamente tu destino estaba marcado y ya no era posible hacer absolutamente nada para cambiarlo.

Juanes en una fotografía tomada fuera del aula de su grado universitario.
Última fotografía familiar en la celebración del grado universitario de Juanes.

“Tu hijo ha muerto y debes empacar una maleta para viajar hasta donde te espera su cadáver.” Lo que no tiene nombre, Piedad Bonnett, página 19.

Viajar imprevistamente. Hacer una maleta en la que quepa tu dolor, tu pérdida. A pesar de, tus prejuicios y formas sociales te condicionan. Tienes que llevar ropa negra, vestir de luto. De mi parte, quise portar el bolso de color azul que me regalaste con tu primer sueldo (y que solo viste por foto). El perfume que me diste dos navidades atrás. Los aretes de colores que siempre me han caracterizado y que tú me comprabas en el mercado artesanal de la 140. Todo lo que era nuestro. Lo que nadie más podría valorar o entender.

Collage de fotografías de Juanes y su madre en distintos viajes y momentos familiares.
Todo lo que era nuestro. Fotografías, viajes y recuerdos que nadie más podría valorar o entender.

“A pocas horas de su muerte lo que me empieza a hacer falta hasta la desesperación son las manos de Daniel, las mejillas por las que pasaba el dorso de mi mano cuando lo veía triste, la frente que besé tantas veces cuando era niño, la espalda morena de tanto sol.” Lo que no tiene nombre, Piedad Bonnett, página 23.

Mi Juanes, no sabes lo que extraño tus abrazos de oso, tu brusquedad para manifestar físicamente tu afecto con besos y abrazos que me hacían daño, de los que me quejaba. Tu recostarte sobre mí ahogándome por tu corpulencia. Imagino mil veces tenerte junto a mí una vez más, abrazarte, besar tu frente, tus mejillas, enredar mis dedos entre tu cabello. Verte dormir a mi lado o en un cuarto vecino al mío.

Desde que tuvimos que separarnos en el año 2011, mi mayor sueño, deseo y realización, era poder dormir los 4 bajo un mismo techo. Cada noche que pasamos juntos desde entonces fue un regalo, una bendición. Para mí ese era el más grande privilegio. Los que duermen cada día bajo el mismo techo no lo saben apreciar.

“Pero la verdadera vida es física, y lo que se lleva la muerte es un cuerpo y un rostro irrepetibles: el alma es el cuerpo.” Lo que no tiene nombre, Piedad Bonnett, página 23.

Sabes bien que creo firmemente que no somos solo un cuerpo físico sino que tenemos un alma, un espíritu. Sé que te volveré a encontrar en otra dimensión a nivel espiritual, pero no sabes lo difícil y doloroso que resulta saber que ya nunca volveré a verte físicamente. Que aquel cuerpo que amé y que amo como parte de mí, ya nunca más volverá a ser. Que quedó allí. Tu pelo, tu sonrisa, tus ojos, tu pecho, tus piernas. El cuerpo que tanto amo, que es parte de mí misma. Muchas veces cuando veo tus fotografías en la pantalla del ordenador quisiera poder fundirme dentro, atravesar la distancia que nos separa y volverte a tocar, a abrazar, a besar, a acariciar. La impotencia que siento al saber que no es posible es infinita.

“Yo tiemblo, traspasada por la emoción, porque siento ya la cercanía del cadáver de Daniel, su presencia. ¡Como si en el cuerpo que imagino hubiera todavía un latir de vida.” Lo que no tiene nombre, Piedad Bonnett, página 27.

Desde el momento en que me enteré del accidente mi único deseo fue volver a verte, volver a abrazarte. Ilusamente pensé que podría recuperarte, volver a estar contigo una vez más. Aunque fuese por unos segundos. Y esperé para ello por horas, me sometí a todos los trámites y requisitos que se me exigieron (eras inaccesible para mí a pesar de ser tu madre). De Medicina Legal a la Fiscalía, de allí a un lugar en la calle 70 a donde trasladarían tu cuerpo antes de llevarlo a la funeraria. A los funcionarios que allí encontramos lo único que les interesaba era poder cobrar sus servicios al mayor precio posible. Para ellos sólo se trataba de un negocio y buscaban obtener la mayor ventaja. Un fallecimiento por causa de accidente vial se convierte en un negocio en Bogotá e imagino que en toda Colombia y muchos otros lugares del mundo.

Una de las cosas más crueles, más deshumanizadas que viví fue el poder reencontrarme contigo, con lo que quedaba de ti. Por cuestiones legales te volviste inaccesible.

En contravía de lo que he sentido hace unos minutos, me digo, estremecida, que eso no es ya mi hijo. ¡Cómo iba a morirse alguien que estaba tan vivo! , Piedad Bonnett, página 29.

Así fue. Cuando finalmente te vi después de tantas horas de espera, ya no eras tú. Lo que vi, lo que sentí, es que era tu cuerpo, pero tú ya no estabas allí. (Diez días después, cuando murió mi madre, pude apreciar la diferencia en el servicio funerario). Cuando falleció tu abuela la persona encargada por parte de la funeraria, a pesar de ser más de medianoche, se tomó el trabajo de preguntarnos cómo era mamá, cómo queríamos que luciera, su color de piel, su labial, etc.

Contigo no hubo nada de eso. Los funcionarios correspondientes decidieron por su cuenta y cuando finalmente pude volver a verte ya no eras tú. Tu expresión lucía diferente; tu color de piel, tu peinado. No tuve la oportunidad de verte, de abrazarte por última vez (como era mi deseo).

Altar familiar de recuerdo dedicado a Juanes, con una fotografía, velas, flores y objetos personales.
Un lugar para recordarte. Fotografías, velas, flores y objetos que mantienen viva tu presencia.

Y seguían las prisas y los afanes. Debíamos partir de inmediato hacia la sala de velación. Llegar allí con el anuncio de que solo podíamos permanecer unos pocos minutos. Encontrarme con mi cuñado y con Mi Charlie que habían viajado desde Madrid, estrecharnos en un abrazo y un llanto infinitos mientras solo atinaba a repetir, se nos fue, Juanes se nos fue…

Juanes en una fotografía tomada fuera del aula de su grado universitario.
Primera foto familiar sin ti.

Milán, 17 de diciembre de 2019